
AGENCIA MANACORNOTICIAS 17/05/2026 - 20:33:27 | ![]() ![]() |

![]() | Mientras tanto, Occidente continúa explicándose a sí mismo que llevó «civilización» a América, como si aquello hubiese sido un descubrimiento y no una conquista |
Opinión: Un mechero, un bar y el derecho a existir en paz. Notas para un 17 de mayo. Hace dos años, en agosto, una mañana soleada, estaba sentado en la terraza de Centralhjørnet — en Copenhague, probablemente el bar LGTBI más antiguo del mundo todavía en funcionamiento— escribiendo tranquilamente mientras fumaba. El camarero, amabilísimo, me regaló un mechero. Y fue precisamente ese mechero el que hizo que terminase leyendo la historia de aquel lugar. Centralhjørnet abrió hace más de un siglo. A mediados del siglo XX se convirtió silenciosamente en espacio refugio para personas LGTBI en una época en la que serlo aún suponía riesgo penal en buena parte del continente. No tiene neones llamativos, no tiene banderas gigantes en la fachada, no tiene cola de turistas haciendo selfies. Tiene, eso sí, una continuidad cotidiana que cuesta encontrar en cualquier otra parte.
Como si el local hubiera entendido, antes que muchos análisis políticos contemporáneos, que la verdadera victoria no es la visibilidad permanente sino la posibilidad de ser sin tener que demostrarlo constantemente. Espero, sinceramente, que este texto no contribuya a convertirlo en otra parada más del turismo compulsivo internacional —ni en uno de esos sitios que acaban perdiendo su alma porque todo el mundo necesita fotografiarse en ellos para demostrar que estuvo allí—. Porque precisamente una de las cosas más bonitas de Centralhjørnet es que sigue conservando cierta normalidad cotidiana; gente entrando y saliendo sin necesidad de convertir constantemente su existencia en una performance política. Yesa, quizá, sea una de las cosas más difíciles de explicar desde muchos otros lugares de Europa. El año pasado, estudiando en el Saxo Institute de la Universidad de Copenhague, pude adentrarme junto al historiador Peter Edelberg en la historia de las personas LGTBI en uno de los países cuyas leyes —pero, sobre todo, cuyas prácticas morales y éticas— han sido históricamente mucho más tolerantes y hoy ya pueden calificarse, directamente, de respetuosas.
Conviene recordar algunos datos para evitar romantizar nada. Dinamarca despenalizó las relaciones entre adultos del mismo sexo en 1933, antes que la mayoría de países del entorno escandinavo y germánico; reconoció el primer modelo de unión civil entre personas del mismo sexo del mundo en 1989, una década entera antes de que el matrimonio igualitario empezara a discutirse seriamente en otros lugares. Pero también hubo redadas, listas policiales, exclusiones laborales y vergüenza social. La historia danesa no es un paraíso sin grietas; es la historia, másbien, de cómo una sociedad logró, a lo largo de varias generaciones, ir desplazando el problema del qué hace esta gente al qué problema tenemos nosotros con que esta gente exista. Y ese desplazamiento, aparentemente menor, lo cambia absolutamente todo. Allí la situación ha alcanzado un grado de normalización difícil de explicar desde según qué contextos. A veces da la sensación de que quizá llegue un momento en que el Orgullo deje de ser una reivindicación urgente para convertirse simplemente en memoria —un recordatorio de lo que ocurrió y de lo que nunca debería repetirse—. Hoy, 17 de mayo, no es una fecha arbitraria.
Es la fecha en que, en 1990, la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de su Clasificación Internacional de Enfermedades. Tardó más de lo que debería —la Asociación Americana de Psiquiatría lo había hecho ya en 1973, tras décadas de presión científica y activista—, pero acabó por hacerlo. Y desde entonces el día se conmemora como Día Internacional contra la LGTBIfobia, en sus distintas variantes; homofobia, transfobia, bifobia, lesbofobia, intersexfobia. Todas las palabras posibles para nombrar la misma cosa elemental; el rechazo a que otra persona exista de un modo que no coincide con el nuestro. Yeso solo se transforma en sociedad respetuosa cuando se entiende algo bastante básico; algo que, por cierto, muchas religiones llevan siglos predicando mientras parte de sus seguidores hacen exactamente lo contrario. No hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No insultar, no humillar, no discriminar, no agredir. Las personas LGTBI acumulamos una especie de archivo involuntario de episodios —pequeños, medianos o brutales— que terminan acompañándonos toda la vida. La memoria los archiva con una eficiencia incómoda; uno recuerda con precisión inquietante la mirada del que escupe, la frase exacta del compañero de clase, el tono del cura que sugiere que pidamos ayuda. Los recuerdos del odio tienen una capacidad de fijación que los recuerdos felices, por desgracia, suelen no tener.
Desde el escupitajo que recibí en Gran Vía, en Madrid, hasta la oferta de una terapia de conversión por parte de una entidad religiosa cuando era adolescente; pasando por mensajes de gente diciendo que, si me tuviesen delante, me apuñalarían. Y lo curioso, además, no son tanto los episodios espectaculares como la lluvia fina; el comentario en una, el comentario en una cena, la mirada en un supermercado, la pregunta amable que en realidad es un examen, la familia que te quiere pero preferiría que fueras de otra manera. No es violencia explosiva; es desgaste. Y el desgaste, a largo plazo, hace tanto o más daño que el golpe. Yotras personas, como Samuel Luiz, ya no viven para contarlo. A Samuel lo mataron a golpes en ACoruña, en julio de 2021, tras gritarle «maricón» en plena calle. No es un dato lejano. No es una estadística de otro país. Es aquí, y es reciente.Yconviene no olvidar tampoco que aquí, en España, todavía quedan abuelos y abuelas vivos que recuerdan perfectamente la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 —y, antes, la Ley de Vagos y Maleantes, reformada en 1954 precisamente para incluir a los «homosexuales»—. Personas concretas, con nombres y apellidos, fueron encerradas, sometidas a tratamientos electroquímicos y aversivos, expulsadas de la administración pública, fichadas durante décadas. La homosexualidad fue oficialmente despenalizada en España en 1979. Hace apenas cuarenta y seis años. Y la psiquiatría española siguió tratándola como patología bastante después.
No estamos hablando de la Edad Media; estamos hablando, literalmente, de la generación de nuestros padres. Yaquí es donde el debate suele desviarse hacia un terreno aparentemente más cómodo; el de la naturaleza. ¿Es «natural»? ¿Es «antinatural»? Como si la naturaleza estuviera obligada a decirnos qué hacer con nuestra vida, y como si quienes invocan ese argumento estuviesen dispuestos a aplicarlo coherentemente al resto de sus decisiones cotidianas —cosa que, evidentemente, no hacen—. La argumentación naturalista es selectiva por definición; se invoca cuando conviene y se ignora en cuanto exigiría renunciar al teléfono móvil, a la medicina o al aire acondicionado. Afinales del siglo XX, incluso la propia biología empezó a desmontar algunos discursos que durante décadas se habían presentado como científicos cuando, en realidad, eran profundamente ideológicos. Los estudios sobre conducta sexual en cientos de especies animales han documentado comportamientos homosexuales sistemáticos en mamíferos, aves, peces e incluso insectos. La homosexualidad humana, lejos de ser una rareza, encaja en un patrón ampliamente extendido en la biología misma; lo extraño, vista la evidencia comparada, sería que no existiese. Y, paralelamente, la antropología social mostró algo todavía más incómodo para ciertas visiones occidentales del mundo; la diversidad sexual y de género no solamente ha existido siempre, sino que distintas sociedades la han entendido de maneras radicalmente diferentes. Hay culturas indígenas norteamericanas —entre ellas pueblos lakota, diné, zuñi o crow— vinculadas históricamente a las identidades hoy reunidas bajo el paraguas Two-Spirit, donde las personas que en nuestra cultura llamaríamos LGTBI ocupaban espacios de enorme reconocimiento social, espiritual y comunitario.
Eran mediadores, cuidadores, figuras asociadas a la sensibilidad colectiva y al acompañamiento de personas vulnerables. En algunas tradiciones se les atribuía incluso un acceso privilegiado a lo sagrado, precisamente porque su posición ambigua entre categorías de género les permitía cumplir funciones que otros no podían. Lejos de ser margen, muchas veces eran eje. Otras sociedades han desarrollado categorías propias —pensemos en las hijras del subcontinente indio, los muxes zapotecos en Oaxaca, los fa'afafine en Samoa o los kathoey en Tailandia—. Cada una con su propia gramática cultural, sus propios reconocimientos sociales y, también, sus propias contradicciones. Ninguna sociedad es perfecta. Pero el simple hecho de que existantantas configuraciones distintas debería bastar para entender que la versión occidental contemporánea de la sexualidad —binaria, heteronormativa, organizada en torno a la familia nuclear monógama— no es la forma humana de organizar el deseo, sino una forma, históricamente reciente y culturalmente situada. No digo que nuestra sociedad deba romantizar otras culturas para compensar sus propias contradicciones —sería ridículo, y además replicaría exactamente la misma lógica colonial que se pretende criticar—, pero sí resulta interesante observar cómo la sexualidad humana puede interpretarse de formas completamente distintas dependiendo del contexto histórico y cultural.
Mientras tanto, Occidente continúa explicándose a sí mismo que llevó «civilización» a América, como si aquello hubiese sido un descubrimiento y no una conquista; como si un territorio habitado por millones de personas estuviese esperando a ser encontrado por europeos para empezar a existir. El relato del descubrimiento es una de las grandes ficciones fundacionales de la modernidad occidental, y muchas de sus consecuencias morales —incluida la persecución sistemática de las sexualidades indígenas— forman parte del mismo paquete ideológico. Los misioneros que persiguieron a los two-spirit y los conquistadores que destruyeron códices y archivos pertenecen exactamente al mismo movimiento histórico. Y muchas veces seguimos llamando barbarie a todo aquello que simplemente no encaja en nuestras categorías morales. Y quizá la pregunta importante sea precisamente esa; ¿qué entendemos por normal? Yes justamente aquí cuando alguien saca la carta definitiva y dice; «ah, entonces entra la moral». Porque, claro, si la naturaleza por sí sola no decide qué es deseable y qué no, entonces será la moral la que lo haga. Y ahí empiezan los problemas. Las morales chocan entre sí constantemente —yllevan haciéndolo desde hace miles de años—. De esos choques nacen agresiones, guerras, persecuciones, genocidios y toda clase de barbaridades que siempre se justifican diciendo que se hacen «por el bien», «por la verdad» o «por Dios».
La filosofía detectó ese problema hace muchísimo tiempo y trató de responder con otra herramienta; la ética. Una especie de intento desesperado de encontrar principios mínimos de convivencia que no dependiesen únicamente de la moral particular de cada grupo. El problema es que la ética lleva siglos intentando sacar la cabeza mientras la humanidad sigue bastante ocupada matándose por banderas, religiones, ideologías o identidades. Y, aun así, el consenso quizá sea mucho más sencillo de lo que parece. —Entonces, si la moral decide lo que es deseable, habrá que escoger una moral correcta para imponérsela a las demás. —¿Y cuál?—Pues la verdadera. —¿Y quién decide cuál es la verdadera? ¿Y en base a qué tiene una moral más derecho que otra a imponerse sobre personas que no la comparten? Porque ahí entramos otra vez en el mismo conflicto; todo el mundo quiere defender la suya. Incluso cuando hablamos de minorías que simplemente quieren existir tranquilamente y que, por cierto, también pagan impuestos, trabajan, estudian, cuidan a familiares, votan en las elecciones y forman parte de la sociedad exactamente igual que cualquier otra persona. La existencia LGTBI no es una opinión a debatir en plató ni un capricho generacional; es, simplemente, la vida de millones de personas concretas, con sus rutinas, sus amores y sus duelos. Lo curioso es que tanto las religiones como muchas corrientes éticas llevan siglos ofreciendo recetas bastante simples que casi nadie aplica de verdad. Todo el mundo las predica; luego llega la práctica y nos volvemos expertos en la hipocresía. Algunas son tan sencillas como mirar hacia otro lado cuando algo no nos interesa. O entender que, si algo no te hace daño ni perjudica a nadie, quizá no haya necesidad de convertirlo en un problema público. O aquella frase que prácticamente todas las culturas han repetido de una forma u otra; no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti.
No matarás. No harás daño al prójimo. Tendrás misericordia. No hablarás en nombre de Dios para justificar tu odio. El problema es que muchas veces esos principios solo nos interesan cuando somos nosotros quienes necesitamos protección. Y quizá por eso, en un día contra la LGTBIfobia, doy por terminado este pequeño diálogo que algunos habrán considerado una ida de pinza filosófica y otros quizá una reflexión interesante. También habrá quien piense que es una pérdida de tiempo —sobre todo quienes ya han decidido de antemano que no les caigo bien—. Basta leer algunos comentarios cuando aparezco en el Diario de Mallorca. Pero eso da un poco igual. Es imposible gustarle a todo el mundo. Lo importante es otra cosa; que todavía podamos expresarnos, debatir y convivir en una sociedad donde existan voces distintas sin que el desacuerdo termine automáticamente en odio. Siempre desde el respeto. Porque, al final, las cosas quizá sean bastante más sencillas de lo que las hacemos. La empatía, la compasión, el respeto —o incluso, si no suena demasiado anticuado decirlo, la misericordia— son herramientas increíblemente poderosas. Aplicadas de verdad, probablemente impedirían guerras, evitarían muchísimo sufrimiento y harían que menos personas crecieran sintiéndose defectuosas por existir.Yo mismo crecí pensando durante mucho tiempo que había algo anormal en mí por no tener una sexualidad «normal». Pasé años intentando reconciliar lo que sentía con lo que se esperaba que sintiese, y eso deja una huella; un cansancio íntimo que no se cura del todo aunque la cabeza haya entendido perfectamente que no había nada que curar.
Y todavía hoy hay momentos incómodos; miradas cuando cenas con alguien del mismo sexo, comentarios, insultos o gente que parece más interesada en lo que eres que en lo que dices. Pero precisamente por eso, lo único que me interesa defender con este texto es algo bastante simple; el derecho de las personas a existir en paz. Yeso no debería aplicarse únicamente al colectivo LGTBI. También debería servir para quienes piensan distinto que nosotros. Porque el otro camino —el de la deshumanización constante, el del enemigo permanente, el del discurso que primero ridiculiza, después aísla, después legitima la agresión y finalmente justifica lo injustificable— ya lo conocemos demasiado bien. Es el mismo camino que pasó por los triángulos rosas en los campos nazis, por las fichas policiales del franquismo, por las clínicas que aplicaban electrochoque, por los chicos golpeados en Stonewall, por las mujeres trans asesinadas en América Latina cada semana sin que casi nadie llame por sus nombres en los informativos. Todavía quedan abuelos y abuelas vivos para recordarnos adónde conduce ese camino. Mientras estén aquí, y mientras podamos escucharles, no tenemos ninguna excusa decente para repetirlo. Yquizá por eso conservo todavía aquel mechero del camarero de Centralhjørnet. No por sentimentalismo, sino como recordatorio mínimo y cotidiano de que la normalidad —esa palabra tan disputada— se construye también con gestos pequeños. Un mechero que un desconocido amable regala a otro desconocido amable. Una terraza al sol. Una conversación que no necesita ser explicada. Una sociedad que decide, por fin, no convertir la diferencia en problema. Quizá sea eso, exactamente, lo que estamos pidiendo. Ni más ni menos.
Justí Soriano Caldentey Humanista, activista, profesor y consultor. Bibliografía ARNALTE, Arturo. Redada de violetas: La represión de los homosexuales durante el franquismo. Madrid: La Esfera de los Libros, 2003. ISBN 978-8497340939. BORRILLO, Daniel. Homofobia: Historia y crítica de un prejuicio. Madrid: Bellaterra, 2001. ISBN 978-8472901711. BUTLER, Judith. Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Nueva York: Routledge, 1990. ISBN 978-0415389556.EDELBERG, Peter. Storbyen trækker: Homoseksualitet, prostitution og pornografi i Danmark 1945-1976. Copenhague: Jurist- og Økonomforbundets Forlag, 2012. ISBN 978-8757425772. FOUCAULT, Michel. Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Madrid: Siglo XXI Editores, 2005. ISBN 978-8432303340. LÉVI-STRAUSS, Claude. Antropología estructural. Barcelona: Paidós, 1995. ISBN 9788449302558. MORGENSEN,Scott Lauria. Spaces Between Us: Queer Settler Colonialism and Indigenous Decolonization. Minneapolis: University of Minnesota Press, 2011. ISBN 978-0816677924. PRECIADO, Paul B. Un apartamento en Urano. Barcelona: Anagrama, 2019. ISBN 9788433998781. WILLIAMS, Walter L. The Spirit and the Flesh: Sexual Diversity in American Indian Culture. Boston: Beacon Press, 1992. ISBN 978-0807046159. AMERICANPSYCHOLOGICALASSOCIATION.Resolution on Sexual Orientation Change Efforts. Washington D.C.: APA, 2021. Disponible en: https://www.apa.org ORGANIZACIÓNMUNDIALDELASALUD.CIE-10:Clasificación Internacional de Enfermedades. Ginebra: OMS, 1992. UNESCO. International Technical Guidance on Sexuality Education. París: UNESCO, 2018.


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